Contigo pan y palabras
Menu
Facebook Twitter Rss

Aquel muchacho vergonzoso del bus

2016-07-19 - Microrrelatos
Aquel muchacho vergonzoso del bus

Aquel muchacho vergonzoso del bus es un fragmento de El escondite, relato perteneciente al ebook Relatos bajo el aguacero presentado más arriba. 

 

Aquel muchacho vergonzoso no podía ser el pervertido que ella imaginó. Estaba más tranquila. Se equivocó de hombre o percibió incorrectamente. Cerró entonces los ojos, a consecuencia de lo cual fueron las manos, codos y muslos de mil hombres los que sintió invadiendo su cuerpo, su espacio, su intimidad. Quizá aquella mano huesuda rondaba una zona más comprometida, pero no era una acción muy diferente de la realizada por los otros miembros masculinos que la visitaban inoportunamente. Ella, se dio cuenta de ello, también visitaba muslos, nalgas y, si el traqueteo del autobús la llevaba, el miembro masculino por excelencia de algún viajero próximo. Alzó, no sin harta dificultad, sus manos de aquella pelotera. Vio a una mujer, asomada ya a la edad madura, ajena como ella a los bandos mayoritarios del autobús, que tenía las manos unidas a su pecho y los brazos desaparecidos al punto de parecer las manos sus brazos atrofiados, raquíticos, cuan canguro australiano. Al resto de los viajeros del autobús no parecía importarles que sus extremidades superiores colgaran indómitas entre cuerpos extraños. Karmele se equivocó con el chico. Una percepción equivocada. El síndrome de la sardina enlatada había anulado sus sentidos, su percepción, su pensamiento.

Campeooones, campeooones, oe, oe, oeee. Las huestes rojiblancas despertaban, las sardinas del bus se recolocaban. El chico delgado se alejó de la chica de Goienetxe fruto de la recomposición del pasaje. Y ella se sorprendió echándolo en falta. Fue, no obstante, una pérdida efímera, porque los seguidores rojiblancos, entre cánticos y danzas, tan limitadas en el espacio, físico y creativo, como fervorosas, se lo devolvieron, aún más cerca, más encima que lo había tenido antes. La chica de Goienetxe había sentido una satisfacción extremadamente agradable, próxima a la alegría, al sentir el olor y calor corporal de aquel desconocido, rodeados de gente, pero sin que nadie pudiera censurar el placer sentido, oculto a pesar del gentío. Si el chico era del barrio, lo vería otro día, quizá se atreviera a hablarle. No entendía su propio atrevimiento, ni se reconocía en aquella chica que disfrutaba con tonterías de quinceañeras.

# # #

Etiquetas: ,

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *