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La escalera a tu habitación

2016-06-21 - Microrrelatos
La escalera a tu habitación

La fotografía asociada a este relato es una obra de la serie Las Celdas de Louise Bourgeois.

 

No entiendo que veinticinco años después siga con esa sensación de arrepentimiento, con ese amargor por no haber hecho lo que debía haber hecho, dejarme llevar por ese tirón del brazo que trataba de alejarme de los amigos con los que estábamos. No fui tonto porque no lo vi; tu intención me fue cristalina como agua de torrente en la alta montaña. Teníamos la casa de Juanjo y de María, todos estaban en aquel bar. Retirarnos juntos como pretendías habría supuesto llegar a una casa vacía. Tú ya me habías dado muestras de que jugabas a la seducción, te acercabas a hablarme al oído para evitar la música alta del local, rodeándome con el brazo hasta el hombro del otro lado; en la calle te agarrabas a mi brazo, me llegaste a dar la mano, aquella sonrisa al tiempo … Las señales eran inequívocas. Aquella noche esperabas encontrarte conmigo más íntimamente que nunca. Llegué a recordarte por la mañana saliendo del baño en albornoz. Estabas maravillosa, como una artista de Hollywood, tus piernas asomaban tímidas bajo el albornoz rosa. ¿Qué tenías? ¿21 años?

Te puedo asegurar que vi las señales, y que entendí cuando tiraste de mi brazo, diciéndome, yo voy para casa. Me hice el remolón, e insististe, ¿vienes? No, me quedo un poco más. Ahí se acabó nuestra historia, o lo que podía haber sido nuestra historia.

Ya no volviste a intentarlo, e hiciste bien. Tenía un sentido de la fidelidad tan arraigado que no habría reaccionado ni con tu escultural cuerpo desnudo de entonces pegado al mío; pasamos muchos días juntos en aquella casa, y vislumbré tu cuerpo más de una vez, en una ocasión en un contraluz al entrar en tu habitación, estabas medio desnuda, pero el sol dibujaba en un magnífico claroscuro todas las formas de tu desnudez. ¡Qué hermosas vacaciones fueron aquellas! Aquel espíritu de comuna parisina… Fue maravilloso, todo hay que decirlo, aunque hoy me quede este amargor por no haber consentido tus deseos.

Más de veinticinco años después, casado y separado ya de la mujer que provocó aquella lealtad, no conyugal, sino de novio enamorado, siento una tremenda amargura por no haberte abrazado, besado, bebido y tomado. Me acuerdo, ahora sentado en el sofá de esta casa que se me hace extraña, de tus rizos maravillosos, y me llamo tonto, y mil veces tonto por no haberme perdido en ellos. Pienso en cómo serás ahora, cuando estarás cerca de los cincuenta, eras bastante más joven que yo. Si estarás casada con quien salías entonces. A ti no te importó tanto tu relación, no aparentemente, o te importé más yo. No lo sé. Me arrepiento hoy de no haberme dejado llevar, de no haber cedido a tus deseos, de no haber subido las escaleras hasta tu habitación, aunque sólo fuera por aquella noche.

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