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La muerte del halcón

2017-02-18 - Microrrelatos
La muerte del halcón

La muerte del halcón

A pesar de la postura, cabalgabas sobre mí, seguías teniendo ese aire cohibido de cuando te conocí. Nunca pensé que visitarías mi cama. Fue precisamente tu extrema timidez lo que me atrajo de ti, y lo que me hizo seguir a tu lado. Yo hasta entonces había perseguido otras cosas, sexo más fácil, sexo express, fast sex, pero cuando te conocí renuncié a ello. Pensé, te han cazado, aquí se acabó tu vida de halcón, el cazador cazado.

Descubrirte, parte a parte, fue la aventura más maravillosa que jamás había vivido, y me atrevo a decir que la más maravillosa que he vivido nunca. Primero fue tu tan tímida como acogedora sonrisa. Tus ojos, que yo miraba alelado, atontado, como aturdido por una ponzoña  desconocida. Y cuando toqué tu mano… ¡Dios! Creí que Dios me sonreía. Dicen que las piernas no son las manos, ni el rostro, que no expresan como ellas, como él, pero cuando vi la tuyas desnudas en la playa, cuando dejaste caer tu vestido y apareció tu cuerpo, con el bikini negro evitando la absoluta desnudez tus piernas me hablaron igual que tu sonrisa. Eran fuertes y esbeltas al tiempo, con una tersura y finura desconocidas para mi hasta entonces, pero se cerraban ligeramente a la altura de los muslos, como si guardaran celosamente un tesoro que nunca nadie debía hallar. Tus piernas mostraban la misma timidez de tu rostro, de tus gestos, de tus palabras.

Durante los años que estuvimos juntos disfruté como nunca he vuelto a hacerlo. Tu abandono fue el único punto amargo.

 

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