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La pérgola

2016-05-14 - Microrrelatos
La pérgola

La Pérgola.

Todas las noches me acerco, con la disculpa de ir a pasear al perro, al rincón donde nos besamos. Sigue igual, como si lo de nuestro encuentro hubiera sido ayer. Fue todo inmediato, paseábamos como dos amigos entre la luz de las farolas, donde yo veía tu cara deslumbrante de felicidad, henchida de gozo, y la penumbra de los espacios entre ellas, donde aumentaba mi deseo. Aquella pérgola parecía diseñada para enamorados. Pero nosotros no lo éramos, amigos, no más, compañeros de clase. Nos habíamos acercado al parque casi sin querer, con la última luz del día, en amigable conversación. Al caer la noche, sin embargo, el alma del parque se adueñó de nosotros, subrepticiamente. Fuiste tú la que acercaste tus dedos a los míos, que notaron el roce. Aunque mi primera reacción fue apartarlos repentinamente te los cogí con delicadeza, como si fueran algo de extrema fragilidad. Y tiré suavemente de ellos hacia mí. Detrás de tus manos llegó tu cuerpo que se dejó llevar sin resistencia. Mi espalda tocó esa columna y ahí me detuve hasta que tú te plegaste a mí. Estábamos tan cerca que sólo había una cosa por hacer, besarnos. Primero suave, luego más intensamente. Pronto, poseídos indefectiblemente por el alma del parque, a nuestros labios se unieron las manos que buscaron al otro en sus partes más íntimas. No había nadie en la pérgola, y si lo había, no lo vimos, o no nos importó. Ese recuerdo sigue vivo en mí, está grabado a fuego en mi mente, recuerdo la suavidad de tus labios y el tacto de tus manos. Sin embargo, no soy capaz de acordarme de tu nombre.

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