Contigo pan y palabras
Menu
Facebook Twitter Rss

No fue más que un beso

2017-08-24 - Microrrelatos
No fue más que un beso

 

No fue más que un beso. No puedo entender que una tontería así provocara la cadena de acontecimiento que cambió mi vida en un instante.

Fue en la esquina de la Calle Gardeazabal con el parque. Nos separábamos y nos dimos el beso, no diré que de trámite, pero, en fin, el beso que marcaba el distanciamiento cotidiano, tú a un lado y yo al otro. No era propiamente un beso de amor, ni de deseo sensual,  ni muestra de pasión sexual alguna. De hecho hay que decir que aunque hubiera un fuerte vínculo entre nosotros, el que crean los años juntos, las experiencia conjuntas acumuladas, los hijos, ¿qué te voy a decir yo? Nos queríamos, ¿no? Por eso no entiendo que un beso pudiera romper todo aquello.

Rozamos los labios, ligeramente, no por falta de amor, sino porque la rutina pesa, eso es cierto,  y no quería ir, además, con el carmín de tus labios marcado en los míos. Cuestión de pulcritud. Tras ese breve roce de nuestros labios nos giramos, tú al norte y yo al sur. Y en ese sur me encontré, frente a frente, impidiéndonos mutuamente el paso,  con una mujer joven, preciosa, con una sonrisa y un punto de descaro  que me resultaron tremendamente novedosos, ¿y qué te voy a decir? Atractiva, su sonrisa, y seductor su descaro.

Podía haber tenido cuerpo de sirena o de serpiente. Yo sólo veía su sonrisa, sus labios, realzados por un rojo intenso. Fue entonces cuando ella me dijo:

Ella había visto sin duda nuestra despedida. Y al verse frente a mí, impidiéndome el paso, impidiéndonos el paso, se le ocurrió esa gracia. Y yo, te juro que sin ninguna intención, solté otra gracia, una respuesta digna, podríamos decir.

Y ella no se cortó, adelantó sus labios buscando los míos. Yo los acerqué con timidez, como quien se adentra en un bosque hermoso y misterioso, y mientras lo contempla padece un cierto temor, pero es mayor la atracción por la belleza que el miedo por lo desconocido.

Y a partir de ahí, te juro que fui un sujeto pasivo. Ella echó su mano a mi mentón, a mi mejilla, a mi cuello, y cada avance de su mano marcaba una etapa de su lengua. Yo no esperaba aquello naturalmente.  Me sorprendió. Aunque también he de decir que no me resistí, que su juventud era suficientemente arrolladora como para dejarme llevar, más a mi edad, con mi plenitud ya lejana.

Me sonrió de nuevo, y se marchó. No volví a verla. Eso fue todo. Nunca tuve ninguna aventura. Fue eso lo que pudieron ver. Nada más.

 

# # #

Etiquetas: ,

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *