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Un golpe de calor

2017-04-08 - Microrrelatos
Un golpe de calor

 

Un golpe de calor, sentí por dentro un calor que me invadió de norte a sur, y de este a oeste, un golpe de calor que se reproducía cada vez que te veía. Día a día se me hacía más duro dar las clases a Clara. Subía a ese segundo piso obsesionado con tu imagen, que yo ya veía antes de que me abrieras la puerta.  Y fueras como fueras vestida, con el jersey más discreto que se pudiera imaginar, yo siempre te veía como aquel día que llegué antes, acompañado de Clara a la que había esperado en el portal. Ella olvidó decírtelo, yo llegaría antes. Tú abriste la puerta pensando que era Clara, con un albornoz que descuidó cubrirte el eje central de tu cuerpo. Al verte gritaste y pediste disculpas. Yo estaba paralizado, mudo, sordo. Sólo mi vista percibía el exterior, y sólo un objeto, tu cuerpo. Me dio lo mismo que te taparas en menos de un segundo. Aquel paisaje humano había entrado en mi mente.

Fue Clara la que me sacó de mi ensimismamiento, “ay, mamá, no te lo dije, hoy Roberto llegaría una hora antes; me ha esperado abajo”. Entonces te miré a la cara y vi tus mejillas enrojecidas, tu gesto azorado. Ahí recuperé un poco el control de mis emociones, reaccioné, y me dirigí a la sala donde daba las clases a Clara. Y recordé un comentario jocoso tuyo un día que Clara y yo reíamos, “a ver si vais a terminar de novios”. A mis veinte años los dieciséis recién cumplidos de Clara eran una edad insuficiente. Sin embargo, desde ese día me sentí atraído, obsesionado, enamorado de ti, de la madre de Clara, de una mujer que me sacaba más de veinte años.

Yo había estado con dos chicas, a las que conocí íntimamente, pero ninguna de ellas tenía la solidez de tu cuerpo, esas curvas maduras que te dibujaban con la precisión de un artista de relieve. A partir de aquel día huí de los cuerpos jóvenes e inmaduros de mis amigas, veinteañeras sin gracia, sin caché. Ya solamente veía el tuyo, todavía húmedo por la ducha recién tomada, aquellas partes hermosas que vi de arriba abajo durante menos de un segundo. Y es que menos de un segundo es suficiente para que sucedan muchas cosas en nuestro núcleo de sensaciones, como lo que sucedía en las décimas de segundo en que cruzábamos las miradas al atravesar el umbral de tu casa. Yo sabía que a los dos nos venía el mismo pensamiento, el momento en que te vi parcialmente desnuda. Te notaba una vergüenza oculta.

 

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